La plata que vale oro.

Sí, ya sé. Usted, como ellos y como yo quería el título. Obviamente. Ni hablar. Pero no siempre se puede ganar. Llegan dos a la final. Y sólo uno sube a lo más alto del podio. Y esta vez le tocó a Brasil. Nos quedamos lógicamente con la imagen de J.P. y su bronca por esas dos bochas perdidas en la última mano. Pero como en todos los deportes uno guarda la foto final; aunque el análisis debe ser de todo el juego. Y a veces, no es necesario poner tanto el foco y el ojo en el “bocha por bocha”. Es que la taba ese día no iba a caer de tu lado. Y como dice el tango, contra el destino nadie la talla. Es así. Tenía que ser de Brasil. Y fue para Brasil.

Y como expresó Naty en la red social, si un mes antes le decían que era finalista, firmaba al toque. O como lo escribió Urra en un comentario de mi corrector y árbitro Fabián Delgado: le duele el corazón por no haberse podido consagrar.

Seguramente ellos en alguna noche de insomnio revivirán bocha a bocha ese partido. E imaginarán  algún desenlace diferente. Y sería bueno, también, que piensen en ese instante que esa medalla que se colgaron en el pecho, que es plateada; vale oro.

 




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