Confieso que he sido inmensamente feliz.

“Dale, te llevo” me dice Ceferino Córdoba en la puerta del estadio del CACU, cuando el silencio va tapando el eco que aún perdura de tanta pasión bochófila . Desisto del convite. Necesito desandar sólo estos últimos minutos en mi Ceres natal. Tengo urgencia de conectarme con mis sensaciones tras varios días donde el corazón fue mimado en demasía.

Salgo por Azcuénaga rumbo al hotel. Doblo en Saavedra y parece que hasta mi gente percibió lo que quería hacer. Camino sólo por la calle en esta cálida tarde de octubre. Son casi las cuatro. No anda un alma. Estoy sólo. Vivo y quiero tener a flor de piel los últimos minutos antes de emprender la vuelta.

Como en un dominó sentimental van pasando imágenes, momentos, personas, palabras… El cuerpo reedita cada abrazo, cada expresión de afecto. Y no logro contener las lágrimas. Desoigo a mi idolatrado Horacio y siento que es de hombres llorar. Porque es de emoción, de plenitud y de agradecimiento también.

Que el torneo nacional haya sido denominado MundoBochas me gratificó plenamente. Y cada demostración recibida fue el broche perfecto para estos días inolvidables donde me sentí, como lo expresé en la cena inaugural, profeta en mi tierra.

Debo confesar, mis amigos, que he sido inmensamente felíz…




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