Una historia de Jorge Abratte. Leonardo Luján, el manco.

Corrían los primeros años de la década del 60 cuando llega a mi casa de la calle España 414 de Morteros, mandado no sé por quién, para hablar con mi papá (don Américo Abrate, un referente indiscutido de las bochas no solo de Morteros sino de toda la región, en esa época presidente del club Barrio Norte, 15 años antes de la fundación de la Asociación ciudad de Morteros de la cual fue presidente mientras estuvo con vida) un señor llamado Leonardo Luján, acompañado de su esposa y un chofer, ofreciendo una exhibición de bochas. La sorpresa fue total cuando comprobó que quien iba a dar el espectáculo le faltaban los dos brazos.

Pero mi viejo no dudó un instante y le organizó la primera función esa misma noche, por supuesto en el club Barrio Norte. El espectáculo comenzaba con la presentación de este hombre que había perdido los dos brazos siendo muy chico en un accidente con una máquina cosechadora en un campo de la provincia de Buenos Aires donde era oriundo.

Vestido con pantalón blanco y una camisa muy brillosa con la inscripción de Vinos Lucchesi en su espalda, firma a la cual representaba, se sacaba la alpargata del pie derecho donde subía la bocha –en esa época la medida era 1,22 y pesaba 1,400 kg.-, se dirigía a la raya del arrime y desde allí arrojaba el bochazo.

El espectáculo se iniciaba con un partido por tríos donde él jugaba de medio para ir tomando la distancia de la cancha. Luego continuaba con una exhibición de bochazo, comenzando con la bocha descubierta y más tarde, atrás de un cajón de madera ubicado en la punta de la cancha, donde generalmente erraba los dos primeros tiros para luego desafiar al público por un cajón de vino donde increíblemente nunca fallaba.

Todo continuaba con la presencia de su chofer y secretario dentro de la cancha quien tomaba la bocha en la mano y debía sacársela, para luego ya en el final, el secretario se ponía la bocha sobre la cabeza y ahí extraordinariamente nunca fallaba.

La entrada era gratis por eso una vez terminado, vendía números de una rifa mientras el tocaba la flauta que sostenía entre el mentón y el hombro.

Luego venía el asado y se prendía al truco. Las visitas se fueron sucediendo año tras año y el espectáculo se fue dando en distintos clubes de nuestra ciudad y región. Lo recuerdo llegando a mi casa con una Estanciera, con una profunda cicatriz sobre una de sus cejas producto del accidente. Un tipo de sonrisa permanente, que luego con el tiempo pude comprobar que era conocido en todo el país. Inclusive estuvo como invitado en el programa televisivo Sábados Circulares de Pipo Mancera, el de más audiencia de la historia.

La última noticia que tuve de él, fue en la oportunidad de participar en un torneo especial en Capital Federal en 1986. Ante mi pregunta me confirmaron que todavía vivía en Olivos, provincia de Buenos Aires.

Con mi viejo había hecho una gran amistad y ambos habían entrado en confianza mutua, tal es así que una noche luego de la exhibición y terminado el asado (su esposa y chofer se habían retirado al Hotel Mayo), se le arrima muy cerca y le dice al oído: ‘Américo acompañame al baño que tengo ganas de orinar’ (lo que sigue imagínenlo ustedes).




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